Testing ScribeFire

Maguncia, Mainz en alemán, es una ciudad deliciosa. Sus tiendas de chocolate, su feria de Navidad, su extraña y antigua catedral —al menos para el ojo acostumbrado a los estilos arquitectónicos castellanos, su espléndido teatro… La nieve se combate con glühwein bien calentito y el centro se pasea con gusto entre iglesias barrocas y recuerdos de uno de los pioneros de la digitalización y la democratización de la cultura, Gutenberg, que transformó las copias artesanales, orgánicas de libros en secuencias ordenadas de símbolos producidas en serie.


Lo inesperado del viaje llegó en forma de sombrerería, donde hallé ese sombrero de talla imposible que hace ahora casi un año buscaba en Madrid entre bromas y veras. El sombrerero me aconsejó, pude escoger entre varios (tres son varios) modelos y, de balde, me llevé la confidencia de que la tienda en cuestión tenía dos clientes de la talla 65, y que una vez pasó por allí alguien de la 67. Confirmo que es posible alegrarse de no ser el primero en algo. Gracias, Maguncia: ahora soy un hombre de cabeza grande, cubierta y satisfecha.

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