Otra memoria histórica
En 1956, una marioneta intentó cortar sus propios hilos para caminar por sí misma. En Budapest, la estatua de Imre Nagy —entonces presidente de la República Popular— tiene siempre flores frescas. A una distancia inquietantemente corta a pie se alza un monumento soviético a los caídos en la liberación de 1945. Las luces nocturnas iluminan con ardor todo el contorno de la plaza, pero el obelisco permanece a oscuras, rodeado por una valla antidisturbios, como una metáfora en piedra.
A Imre Nagy lo mataron por soñar una Hungría mejor. Con él se fueron a aquel país desconocido algunos miles más. Otros, muchos, escaparon por las fronteras entreabiertas. La libertad se perdió en la larga noche del país que llegó a ser conocido como el barracón más feliz del cuartel soviético. Los que no recordamos esta historia tenemos que aprenderla; cada vez que la libertad se apaga en algún lugar, el mundo entero se vuelve un poco más oscuro.



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